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Punto de encuentro para invitadas a bodas, celebraciones y eventos. Compartiremos consejos, trucos, anécdotas...¡y accesorios de fiesta!

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(Último lunes de Octubre de 2014, 14:15 de la tarde)

Mi padre me espera, puntual, en la estación de tren de Cartagena. Es una estampa que se repite con mucha frecuencia desde hace año y medio, que no hago más que ir y venir de Madrid para ver al Míster con asiduidad y que esta relación a distancia se haga más llevadera.

Sí, mis padres también han aportado su granito de arena a esta relación, en forma de asistencia logística. Leer +

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(Mediados de Agosto de 2014)

Me entra una llamada por Skype de mi mejor amiga, que vive  en L.A. desde hace 3 años: “Mur, que la siguiente reunión de trabajo que me toca en Europa es a mediados de Octubre en Italia, ¿a ti te apetecería que quedásemos allí el finde de antes o el de después y hacemos un mano a mano?”

Yo: “por supuestísimo”. Y al día siguiente dejo comprado el billete con destino Roma un finde  de Octubre. Bravíssimo! Leer +

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Venía a Madrid en tren bien provista con el ¡HOLA!, y me sorprendió la noticia de los funerales por Fabiola de Bélgica. ¡No me había enterado de nada! Yo tenía el recuerdo de aquella española en la corte de los belgas, siempre discreta en un ladito de la foto...pero no conocía más de su historia porque, para cuando empecé a aprender de familias reales, Fabiola y Balduino ya habían pasado a un segundo plano en Bélgica.

Sin embargo, la revista que leía en el tren contaba con un especial sobre la vida de Fabiola y de su historia de amor con Balduino. Me gustó tanto, que arranqué las páginas para compartirlas con ustedes en el post de hoy.  Porque a nadie amarga una historia de amor del bueno. Leer +

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Porque usted tampoco se libra. Aunque no sea especialmente enamoradiza, se sentirá identificada con una o muchas de las siguientes pinceladas. Lo saben en China.

 

1. Hablar por teléfono y vivir totalmente al margen de la cara lela que está usted poniendo hasta que se ve reflejada, por casualidad, en un cristal o espejo.

 

2. Guardarse en el  móvil fotos del perfil en redes sociales de ese chico que le hace tilín. Y la de su perfil de whatsapp, también.

 

3. Detectar un perfume delicioso en el ambiente y perseguir a su portador a ver si nos gusta tanto como su aroma. Pero nada que ver. Leer +

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(Si quieres leer Capítulos 123, 4, 567, 8)

 

El día después de la gran boda amaneció encapotado de la más espesa negrura que nunca hubiera visto sobre el cielo de Santander. Las nubes, cargadas de electricidad y pesadumbre, se arremolinaban entre ellas como las sábanas blancas que abrazaban mi cuerpo entumecido, amenazando con descargar la furia de una tormenta que golpearía los empedrados de las calles de la ciudad. Me retorcí despertada por un fuerte dolor de cabeza que me perforaba las ideas, cayendo repentina y estrepitosamente sobre el suelo de mi pequeño estudio. No sé qué parte de mí fue la primera que besó el suelo, pero mis frías manos no atendían golpe alguno, sólo buscaban la frente, queriendo apagar el calor que de ella emanaba. Una sensación de mareo empezó a subírseme por los pies anunciando su puerto de llegada a la garganta. Mis piernas, rebosantes de agujetas, lograron levantar el pesado saco de carne en el que me había convertido, incorporándolo y dirigiéndolo entre tumbos hacia el cuarto de baño, donde un inoportuno espejo me devolvió los no tan buenos días. Una mata de pelos revoltosos del que pendían horquillas doradas como mosquitos en una tela de araña cubrían a medias unas profundas ojeras que delataban una falta de sueño cualquiera, pero los restos de carmín y rímel corrido daban fe de la noche de fiesta que había precedido. Giré el pomo de arandela azul del grifo, dejando que un chorro de agua fría llenara mis cóncavas manos para derramarla sobre mi rostro de manera repetida. Mojé la nuca y las muñecas, tragué en abundancia y me miré a los ojos, jurando no volver a beber nunca más. Leer +

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(Si quieres leer Capítulos 123, 4, 56, 7)

 

Los camareros habían empezado a recoger (aparentemente hacía bastante tiempo, pero he aquí que a esas horas uno no es consciente del proceso, sino del resultado -y eso se aplica a todo lo que una boda implica-), indicando así el inevitable final de la fiesta. Por ende, la gente que tan animadamente había bailado durante horas empezó a decaer al son de canciones de ritmos imposibles de seguir - ese tipo de música etiquetada por mi madre como “chunda chunda” que retumba en los oídos y provoca la verdadera jaqueca de lo que entonces empieza a vislumbrarse como pre-resaca. Los novios, Manuela y Miguel, no aparecían por ningún lado, señal de que hacía tiempo que se habían ido a la francesa, intentando evitar una segunda ronda de besos, abrazos y agradecimientos varios (completamente comprensible, la verdad).

Y yo, por mi parte, hombros hundidos y mirada perdida, abatida, con la energía absolutamente consumida, hacía bastante que me había concedido el exilio voluntario de la pista, quedándome apartada entre las sombras del exterior. Paloma se desplomó a mi lado, sonriendo extasiada tras semejante juerga:

-Ay, que ya no me da el cuerpo más de sí- resopló mirándose los sucios y descalzos pies. -No he bailado más en mi vida, mañana voy a tener unas agujetas de llorar-.

Solté una pequeña carcajada y le concedí un instante para que me siguiera contando.

-La música ha estado genial. ¿Viste el Rock-and-Roll que me marqué con Luis? Creo que me voy a apuntar a clases, ¡me encanta! Lo que no he sido capaz de seguir han sido esas dichosas sevillanas que se empeñan en poner en todas las bodas, ¡ni que estuviéramos en Andalucía! Seguro que el dj era de por ahí abajo y las ha querido poner a toda costa, porque ya me dirás tu quién bailaba- relataba con expresión mohína. -Y a Tomasa le perdí la pista hace tiempo, andaba por ahí con el primo de Miguel… ¿Cómo se llamaba?-.

-Uf, ni idea. ¿El rubiales ése?-

-El mismo-

-No sabía ni que eran primos-

-¿Y tú, qué?-

-Yo, qué de qué-

-Que dónde has estado, tonta-

-Mmmm… Con Diego. Y luego sola, no tenía muchas más ganas de bailar-

-¿¿Con Diego??- saltó en su asiento -¿Pero has estado hablando con él?-

Levanté las cejas y, entre vergüenzas y emociones, procedí a relatarle mi arrebato de locura. O, dicho de un mejor modo, mi declaración de amor.

-¡Alucino contigo!-  exclamó Paloma cuando mi historia tocó a su fin.

-No sé qué me ha pasado, se me ha ido la cabeza, en serio. ¿En qué momento voy y le suelto todo aquello?- pregunté retóricamente, con la mirada perdida en algún punto del cielo. -Lo mejor de todo- dije tras una leve pausa, -es que en verdad no me arrepiento: volvería a repetirlo-.

-¿En serio?-

-En serio. Es como si de verdad viviera todas esas cosas que lees sobre la vida en mensajes grabados en camisetas y pegatinas, en frases famosas de escritores y pensadores, en libros, películas y canciones. Esas que hablan de que sólo se vive una vez, que es mejor arrepentirse por lo que has hecho que por lo que no has hecho, que no sabes qué pasará mañana, que vivas hoy y bla bla bla… Eso es lo que he hecho esta noche y te juro que no hay mejor sensación que la libertad de haber expresado lo que siento, ¡increíble!-

Paloma me miró entre sorprendida, divertida y algo risueña, sin comentar nada, como si realmente no hubiera nada más que añadir.

-La fiesta acabóse, amigas- nos anunció Tomasa, aparentemente aparecida de la nada. -¿De qué habláis que os tiene tan ensimismadas?-

-Tú qué crees- dije con un deje de niña enamorada y no correspondida.

Me miró mi amiga y abrió los ojos con exageración.

-¿Ha habido… ha habido tema?-

-Señoritas, por favor, ¿pueden ir saliendo? Estamos cerrando- interrumpió un camarero con pinta de maître.

-Estará usted de broma, ¿no? ¿Dónde se ha visto que echen a los invitados de una boda?-

-Tomasa, por favor- cortamos Paloma y yo abalanzándonos sobre ella, temiendo uno de esos numeritos que a veces le daba por montar.

-Está bien, está bien. Ya nos vamos- dijo fingiendo dolorosa dignidad.

Nos dirigimos al guardarropa y ¡eco!, allí estaban los tortolitos apoyados en el mostrador. Nada acaramelados, por cierto. No nos dio tiempo a recular, topándonos de frente con ellos justo en el momento en el que se daban la vuelta. Primero un sobresalto, después un silencio incómodo y una ráfaga de embarazo al envestir nuestro paso en dirección a la salida. Ni un adiós, ni un hasta luego. Nada.

-Ésa sabe que aquí se cuecen habas- resolvió Paloma.

-Qué dices-

-Lo que oyes. Hazme caso, sé de lo que te hablo. Si no, ¿a qué ha venido esa tensión que se acaba de crear? Si a ella le diera igual, se habría despedido de nosotras. ¿Pues no que estábamos en la misma mesa?-

Callé dubitativa ante la posibilidad de que aquello fuera cierto. ¿Lo habría notado de verdad? ¿O nos habría visto en el patio de atrás? ¿O se lo habría contado él? Una oleada de dudas e ilusiones se mezclaban por igual en mi atormentada cabeza, creándome una sensación de incertidumbre en versión positiva, aunque no optimista. Él había dejado claro que llegaba tarde, que había otra, y que yo era una egoísta. Pero no había dejado tan claro que se hubiera olvidado de mí, que me hubiera sustituido por la caribeña, ni que ahí se acabara nuestra historia.

Pero tampoco yo tenía claro nada de todo aquello. Mi tormenta pasional ya se había calmado y mi raciocinio había empezado a entrar en juego.

¿Qué era lo que yo realmente esperaba de esta historia? No sabía a ciencia cierta si quería que Diego la dejara por mí aquella misma noche, ya que, aunque realmente lo que yo quería era ser la elegida, el hecho de que hubiera traído a una chica a la boda (dado lo importante del evento, especialmente al tratarse de un amigo tan cercano como Miguel) y fuera a romper con ella cuando otra (después de dos años de ausencia) se cruzara en su camino, no decía mucho de él. O bien la chica no era lo suficientemente importante para él y la hubiera traído como escudo o pura apariencia (y ninguna de las dos opciones me convencía) o bien él no era lo suficientemente maduro como para tener sentido del compromiso. En el fondo, lo que yo deseaba era que Diego se hubiera quedado en estado de shock al verme, que yo le hubiera descolocado de tal manera que hubiera desbarajustado sus ideas y sus planes, no pudiendo pensar más allá por un periodo de tiempo (¡que no fuera muy largo, por favor!). Yo quería que, al haberse encontrado conmigo, se hubiera dado cuenta de repente de que a quien de verdad quería a su lado era a mí y no a la morenaza aquélla.

Una vez fuera, nos dirigimos al coche de Paloma, quien se había ofrecido a llevarnos a casa dado nuestro estado poco estable, no muy apto para conducir y con alto riesgo de atraer algún que otro control policial y/o una más que probable multa. Así pues, exhaustas como estábamos, caímos rendidas en los asientos de atrás, dejando a la pobre conductora cual taxista mientras nosotras dábamos una cabezadita. En mi caso, más que por sueño, por agotamiento mental - tanta emoción me había dejado el sistema nervioso sin plomos.

Mañana sería otro día.

. . .

CONTINUARÁ

 

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(Si quieres leer Capítulos 123, 4, 5, 6)

 

Aquella tarde de mediados de Octubre, bajo un cielo cubierto de nubes amenazando descargar su negrura sobre el áspero suelo de Santander, se antojaba de todo menos prometedora. A pesar de ser el pan de cada día del clima norteño hay quienes parecen no terminar de acostumbrarse ni de encajarlo bien, y una de ellas era mi amiga Manuela, que maldecía por la ruina que aquello iba a suponer a su multitudinaria fiesta de cumpleaños.

Me ofrecí a echarle una mano decorando las paredes con las fotos de sus invitados que con tanto mimo había seleccionado, pendiendo banderitas de los diferentes países de los que algunos provenían y colocando las velas y antorchas que dibujaban el contorno del jardín de aquel maravilloso caserón familiar de El Sardinero. Leer +

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(Si quieres leer Capítulo 1Capítulo 2Capítulo 3Capítulo 4, Capítulo 5)

 

No sé si fue el alcohol o el calor, o la adrenalina que me provocaban esos dos componentes mezclados, o un mejunje de todo lo anterior con unas gotas de valentía y un buen chorro de carpe diem. De repente, en mitad de una entrega total en la pista de baile, noté una explosión en mi interior, una reacción química parecida a los experimentos que creábamos Tomasa y yo cuando nos colábamos a escondidas en el laboratorio del colegio. Una bomba pasional -así la tildé cuando me templé y me pregunté qué narices había hecho- nubló mi raciocinio y quiso conducir mi cuerpo hacia el jardín trasero. Sabía que él estaba allí, fumando, solo. No sé por qué lo sabía, quizá la vista no es sólo el sentido que tienen los ojos, sino también el que tiene el corazón... y aquella noche, yo era todo corazón.

Diego no me vio acercarme. Clavaba cabizbajo la mirada hacia el suelo, distraído en sus pensamientos mientras sujetaba un pitillo de ceniza, señal de que apenas lo había tocado. Leer +

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(Si quieres leer Capítulo 1Capítulo 2Capítulo 3, Capítulo 4)

 

El jolgorio de las más de doscientas personas que se arremolinaban en el jardín del hotel nos anunciaba que las bandejas de bebida y comida habían empezado a circular, dando comienzo a la fiesta. A lo lejos, el fotógrafo trataba de representar escenas divertidas entre los novios y sus familias para poder captar sonrisas y carcajadas con su cámara. Los cuatro niños que habían hecho de pajecitos andaban correteando y tirándose comida, mientras sus madres intentaban desesperadamente parar aquella guerrilla.Y mi amigo, con su exótica amiga, encaminaba sus pasos hacia un grupo de gente al que aparentemente aún no había saludado.

-Necesito una copa- anuncié, dispuesta a olvidarlo todo y pasármelo bien.

-¡Genial, ya somos dos!– aplaudió Tomasa. Leer +

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(Si quieres leer Capítulo 1Capítulo 2, Capítulo 3)

 

“-No sé qué opinas tú de esto, pero yo creo que está bastante claro, ¿no?- me dijo aquella vez en que quedamos en la terraza de un bar del Paseo Pereda.

-Claro, claro- asentía yo sin saber a qué se estaba refiriendo. Habíamos estado hablando del campo y las flores, de cosas triviales: aficiones, estudios, trabajos, proyectos, y parecía que la conversación había cambiado su rumbo de repente, pero yo desconocía a cuál.

-Sé que puede parecer un poco locura, pero si tú quieres, yo también- continuó dejando en el aire la conclusión de ese tanteo, aparentemente para que yo lo cerrara.

-¿Cómo? Creo que me estoy perdiendo, ¿a qué te refieres?-

-Bueno… no sé, yo estoy muy a gusto contigo y me gustaría darle una oportunidad a lo nuestro.- Leer +

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