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Sólo les voy a pedir una cosa: si tienen localizada a la persona a la que me refiero, háganme el favor de remitirme a la peluquería en la que trabaja. Llevo 6 largos años añorándole.

Se llama Israel y, como digo, hasta hace 6 años trabajaba en la peluquería Franck Provost de la calle Fuencarral, en Madrid. Hacía que mis 4 pelos parecieran 4.000 con un corte aparentemente sin complicaciones que ejecutaba con su tijera prodigiosa. Él era la confianza plena, la fiabilidad suprema para mi exigua cabellera.

Pero un día llamé para reservar mi corte trimestral de puntas y una voz fría e hiriente me soltó un: “ISRAEL YA NO TRABAJA AQUÍ”.

Se notaba que era la compañera que (estoy segurísima) le tenía envidia, porque no fue nada amable al denotar mi desesperación:

-Pero, ¿y sabes si está trabajando en otro sitio?-

-No lo sé-

-¿Y te importaría darme su número de teléfono?-

-No lo tengo-

-Y, Y, Y, ¿¡¿¡¿ SE PUEDE SABER QUÉ LE HABÉIS HECHO PARA QUE SE HAYA LARGADO SIN DECIRME NADA, MALDITA CRETINA?!?!?!?!?-

(esto último sólo lo pensé)

 

Desesperada, incluso pedí cita con otro profesional de aquella peluquería, con la esperanza de que en el proceso de corte de puntas pudiera sonsacarle hábilmente dónde paraba mi añorado Israel. Pero mis pesquisas no dieron sus frutos. Hermetismo absoluto.

Y además comprobé, tal como me temía, que darle una oportunidad a manos ajenas a las de Israel sólo podía decepcionarme.

Porque no es la peluquería. NO.

Es el profesional.

Encontrar a tu peluquero de confianza es algo así como cuando te casas. Tienes la certeza absoluta de que es el adecuado y te entregas sin límites.

Lo busqué, indagué, intenté corromper a sus antiguas compañeras de oficio, quise pagar mordidas (nunca se me ha dado bien lo de dar las propinas)…pero nadie me concedió una sola pista siquiera.

Cada vez que me corto el pelo me acuerdo de Israel, esa química, ese entendimiento. Tan sólo una vez que él me peinaba para una boda tuvo un amago de seguir el instinto natural de mi look capilar tras el efecto del brushing, tan malditamente parecido al de Terelu Campos. Pero supo leer a tiempo en mi mirada a través del espejo que era mejor para mi salud emocional no adentrarse en aquellos lares.  Y rectificó.

Esa telepatía y empatía, queridas, no se paga con dinero.

Así que, si son de las que siempre quieren que les atienda el mismo profesional cuando van a la pelu (y no es el dueño del establecimiento) les voy a dar un consejo que vale oro:

APUNTEN SU NÚMERO DE TELÉFONO PERSONAL

Pídanselo. Sin miramientos. Y su email, que nunca está de más. Incluso sus apellidos, por aquello de poder googlearlo si un día pierden todo lo anterior -y si la persona en cuestión empieza a tomarles por psicópatas, tan sólo remítanle a este post-.

Ya les digo yo que preferiría tener en mi Facebook a Israel antes que a otra gente que me solicita amistad y me veo obligada a aceptar por no quedar de estirada. Qué injusta es la vida.

 

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