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(Mediados de Agosto de 2014)

Me entra una llamada por Skype de mi mejor amiga, que vive  en L.A. desde hace 3 años: “Mur, que la siguiente reunión de trabajo que me toca en Europa es a mediados de Octubre en Italia, ¿a ti te apetecería que quedásemos allí el finde de antes o el de después y hacemos un mano a mano?”

Yo: “por supuestísimo”. Y al día siguiente dejo comprado el billete con destino Roma un finde  de Octubre. Bravíssimo!

La Málaga –casi todo el grupo de amigas somos Marías, así que nos denominamos por las provincias de origen: Málaga, León, Mur(cia) y como de Zaragoza hay 2, a ésas las llamamos por sus apellidos- me preguntó si estaba interesada en  ver o hacer alguna cosa en concreto para organizar bien el finde, NUESTRO FINDE, pero como coincidía que ambas ya habíamos estado en la ciudad eterna, era el viaje más fácil de planificar del mundo: haríamos lo que nos apeteciese cuando nos apeteciese. Tras un amago mío de buscar alojamiento -por aquello de no presentarme a revista en un viaje que no había preparado en absoluto- ni de eso me pude ocupar, pues por el trabajo de mi amiga le cubrían el fin de semana en el mismo hotel donde ya estaría alojada.

Jamás un plan fue tan apetecible: mi íntima y yo –que vive a 12.000 km de distancia y a la que veo de media 2 días al año- íbamos a tener un finde enterito para nosotras. Rajar y rajar y pasear, y comer pizza, pasta, pesto y gelatos, y arreglarnos, y salir a tomar una copa, Roma de noche, Roma de día, Roma al atardecer, y charlas y más charlas. Hasta visualizaba a los italianinis piropeándonos al pasar, nuestras melenas ondeando al viento.

De repente, me sentí un poco culpable: no les habíamos dicho ni mu al resto del grupo de amigas. Si bien es cierto que La Málaga y yo somos muy uña y carne, el grupo es EL GRUPO. Las niñas son las niñas. ¿Y cómo voy a ocultar yo en el futuro, y ante mis amigas, este finde romano tan apetecible? Huelga decir que, cuando se lo conté al Míster (mi míster), interpretó que los respectivos estaban incluídos en este viaje. Me asaltó el pánico y le paré los pies diciendo que era un finde de AMIGAS. De 2 amigas, y punto. Nadie más incluído. Si no íbamos a decírselo al resto  de amigas, ¿¡cómo pretendía que los respectivos tuvieran cabida?! -Sé lo que están pensando: efectivamente, yo tampoco entiendo tan poca perspicacia-.

 

(17 de Octubre de 2014)

Tras aterrizar en Fiumicino, cojo el bus de los horrores –por el tiempo de espera y las masas haciendo cola- y me planto a mediodía en el lugar donde me había citado mi amiga: La Plaza de España. “Nuestras oficinas están muy cerca y, como no tengo que trabajar por la tarde, ya salgo directamente a buscarte. ¿Ves esta foto que te acabo de enviar? Pues detrás de la palmera está CHANEL, quedamos ahí, que dice Carrie Bradshaw que es muy chic quedar en CHANEL”. Pues vale. Esta es la jerga de mi amiga, que trabaja en altas esferas de la moda, así que tampoco me sorprendo por la propuesta de punto de encuentro.

 

tienda de moda chanel en la plaza de españa de italia

 

Llego veinte minutos más tarde de la hora convenida. Diviso el escaparate de CHANEL y allá que nos dirigimos mi trolley y yo. Mi amiga no está. Doy un pequeño voltio de 30 segundos y no la encuentro. Regreso a mi punto de partida. Soy la única que está repostando en el escaparate de CHANEL, soy fácil de divisar desde cualquier flanco. Ella me verá. Seguro.

 

No aparece.

 

Voy a investigar en las tiendas aledañas, no vaya a ser que haya entrado para cutufear moda de lujo y matar el tiempo como sólo puede hacerlo alguien que te cita en CHANEL. Únicamente diviso asiáticos en el interior de dichas tiendas. Saco el móvil. No hay mensajes ni llamadas perdidas ni encontradas. Mi teléfono no está operativo en este país –parece que exagero, ¡como si este lugar fuera la Conchinchina!, pero lo cierto es que mi teléfono no funciona en Italia-. ¿Qué hago? Voy a esperar un poco más.

La Piazza di Spagna está atestada de turistas y de aquellos que hacen negocio con el visitante: venta de flores, de palitos para auto-sacarte fotos aéreas con el móvil, postales, dulces, uno haciendo malabares, la estatua humana y un payaso.

Sigo apostada en mi pared de CHANEL, pensando cómo he sido tan poco precavida de no haberle pedido a mi amiga la dirección de su trabajo o el nombre de nuestro hotel. Soy la vergüenza del viajero novato. ¡YO! ¡Que a los 15 años empecé a trotar sola por el mundo!, pienso: “Mery, no puedes dejar pasar tanto tiempo entre viaje y viaje, está clarísimo que pierdes facultades”.

Y de repente mi autoinculpación se ve interrumpida por el payaso que deambulaba por la plaza –observo al acercarse que lleva careta de Buzz Lightyear en vez de payaso-, que se planta a menos de medio metro mío, grabándome con un teléfono.

 

careta de buzzlightyear

 

Yo intento mantenerme educada, “a ver cómo le digo que me despeje el horizonte, que tengo que divisar y ser divisada por mi amiga”, pienso. Le sonrío,  le suelto un “HOLA” bien español, y miro para otro lado. Por lo menos tengo las gafas de sol puestas, así puedo disimular. Pero el tipo sigue ahí plantado, grabándome -¡¿qué demonios?!-, y yo no puedo huir sin parecer maleducada, puesto que estoy entre el payaso y la pared. No hay mucho espacio. ¿Qué hago?

 

Nada, no tengo que hacer nada.

 

Porque el payaso se quita su careta de Buzz Lightyear y ¿quién era?

El Míster.

MI MÍSTER.

Vestido de payaso.

En Roma.

En la Piazza di Spagna.

Hecho un flan.

Con su careta de Buzz Lightyear ahora en la mano –más tarde supe que, al ser época pre Halloween, no había ni una miserable careta de payaso a la venta, sólo de monstruos y brujas... y una pobre careta de Toy Story olvidada en un rincón-.

 

Tuve un flash: “Éste hinca rodilla aquí mismo”.

Pero no ocurrió.

 

Vino mi momento de lucidez y ya sólo podía agarrarle por sus solapas de chaqueta payasil e interpelar “¿¡DÓNDE ESTÁ LA MÁLAGA!?” No entendía nada, pasaban los segundos y ELLA no aparecía. Mi amiga, ¿detrás de qué otro disfraz estaría parapetada? Sólo visualizaba a los pakistanís vendiendo rosas y a la estatua humana con pintura de acero que se mueve si aportas la consabida moneda. No, esa estatua es más corpulenta que mi amiga. Y de nuevo “¿¡DÓNDE ESTÁ LA MÁLAGA!?”

La Málaga está durmiendo, en Los Ángeles”, me responde él, mientras comienza a despojarse de sus ropajes clown. Y yo rebobino en la cabeza: ¿y por qué esta semana ha estado conectada a whatsapp en horario europeo? No lo entiendo, pero si además me dijo que se encargaba ella de llevar el champú y suavizante para que mi maleta de mano no me pesara. ¿Y por qué me pidió que le trajera un collar de Strending? ¿Y la foto que sacó de la palmera tras la cual estaba el escaparate de CHANEL donde habíamos quedado?. 

Era todo un montaje. Estaban compinchados, me confesó él. “Pero a ver, explícame todo esto”, le suplico.

Para que se sitúen les informaré que el Míster y yo llevamos algo más de un año de noviazgo, a ratos a distancia y a ratos en cercanía porque nos organizamos bien para vernos a menudo. Pero las visitas y viajes tenemos que planificarlos siempre con tiempo de antelación. Y a principios de verano estuvimos pensando en regalarnos un viaje a Turquía en Octubre, que finalmente se nos fastidió por temas de agenda de él. Y es que ustedes no lo saben, pero yo se lo cuento: el Míster tiene una agenda –laboral y social- que ríanse ustedes de las celebs del ¡HOLA! Con decirles que en 2014 tuvo 14 bodas (5 de ellas en 4 findes seguidos) creo que se pueden ir haciendo una idea. 

Así que su apretada agenda nos chafó el viaje a Turquía, pero él quiso compensarme con este finde-montaje-sorpresa en Roma. Y a mí me encantó el resultado. No sería mi amiga quien se había presentado, pero el Míster había organizado una jugada bien romántica.

“La única mala noticia que tengo es que para ir al hotel tenemos que subir todas las escalinatas (de la plaza de España)” me suelta, y a mí me pareció estupendo, pues el que cargaba ya con el trolley era él. En el ascenso me contó que había estado muy nervioso los últimos días por si yo me olía algo, y que para más inri los mercados financieros esa semana habían estado locos y que como estábamos a Viernes también le habían frito a llamadas esa mañana romana. Mi pobre. Sí que le había notado nervioso, sí, él que es todo calma y sosiego. Estamos terminando de subir las escalinatas y justo le llaman de nuevo. Él se aparta para hablar, puesto que las conversaciones con sus clientes son confidenciales (me lo explicó cuando empezamos a salir juntos y yo acaté como buena novia, así que no me tomo nunca a mal cuando me hace ese tipo de quiebros). Mientras él conversa confidencialmente yo me quedo observando el ambientazo de la Piazza di Spagna desde el mirador más alto.

 

pedida de mano en la plaza de españa en Roma

 

Qué maravilla, pienso, un finde sólo para nosotros. Y los dos conocemos Roma, así que podemos vagar por la ciudad y hacer lo que nos apetezca cuando nos apetezca -igual que con La Málaga-. Y qué tiempazo. Y ÉL se ha compinchado con mi amiga para traerme engañada a Roma y presentarse vestido de payaso. Y qué hambre tengo, creo que me apetecen raviolis. Y de postre tiramisú. Me gustaría ir a ver las termas de Caracala. Y las catacumbas, que me han dicho que molan. Haremos cata de vinos italianos, planazo. LA VIDA ES BELLA. Y escucho que despide la llamada y se gira para acercarse a mí.

 

ME DOY CUENTA DE QUE ESTÁ OCURRIENDO

 

Entonces es cuando se arrodilla,

un anillo brilla en su mano derecha y me dice:

“en realidad te he traído a Roma para pedirte que te cases conmigo”.

 

 

(y según supe más tarde, La Málaga le dejó bien claro en sus planificaciones compinchadas que, a partir de ese momento en el que “entonces, hincas rodilla”, él ya no iba a pintar nada)

 

PD: El inicio de esta historia se remonta al punto 30 de este post.

 

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