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En un recóndito lugar de la vieja Europa oriental, de cuyo nombre… sí, sí me acuerdo, lo que pasa es que no sé cómo se escribe. Algo así como Vilna, al menos en castellano. En fin, allí vive mi hermana Diógenes, de esbelta figura y desfigurada razón. Algunos seguimos pensando que allí fue donde habita desde hace años el hervor que le falta, que tanto necesita y que ni siquiera sabrá que existe. Por eso pensamos que pidió el Erasmus a Lituania -al menos yo, única y cabal razón según alcanzan mis comprensiones-. Sin embargo, es allí donde encontró al hombre de su vida (así rollo romántico) o, más bien, al único valiente que logró entenderla y cuya sumisión cumplía religiosamente los tan exigentes baremos de la más pequeña de mis hermanas.

Corría una suave brisa de marzo y los árboles que decoraban las calles de la pequeña ciudad lituana cargaban numerosa vida insospechadamente amarilla y roja. El descuidado asfalto contrastaba de una manera muy especial, lo cual ofrecía una personalidad particular a la ciudad. Entre esto y aquello, Diógenes ojeaba libros de segunda mano en una tienda que oscilaba peligrosamente entre lo retro y lo mugriento, y que los hipsters de la zona llamaban “vintage”. 

En plena tarea, mi hermana posó sus ojos en un autóctono que parecía haberse enamorado de un Barbour elegante por fuera y roído por dentro, el cual se pasaba incrédulamente de una mano a otra intentando buscarle perfecciones. Estaba claro que el tipo no se fiaba; le habían comentado que la tienda vintage no era tan vintage. El chico era de corta estatura y cara bondadosa, de éstos que claman a gritos que le pidas un favor. Mi hermana le miraba de arriba abajo con aprobación: “pinta de manipulable, es un tieso, seguro de sí mismo y… ¡Espera! No, joder, no. ¿Qué haces con la hoz y el martillo en la mochila? Eras perfecto tío, acabas de perderte un pivón, tontorrón”, pensaba para sí. Diógenes seguía mirándole inquisitiva -ya llevaba un rato- y el chico se le acercó, naturalmente, ante los ojos que no paraban de examinarle, “¿Te tomarías una limonada? Conozco un viejo bar aquí cerca que…” “¿Una limonada? ¿Qué pasa, eres maricón o qué?” le espetó mi hermana con el más profundo hastío que supo sacar. El lituano, compungido, bajó la mirada intentando buscar las palabras adecuadas, que habían volado por completo de su cabeza. “¿Qué quieres? ¿Uh, u.., un whisky?” consiguió articular con horror en su expresión, “No te hagas el machito ahora, una cerveza, joder, no es tan complicado”. 

De camino al bar, el joven se arrepentía para sus adentros, esta mujer era de armas tomar. Evitaba su mirada con comentarios sobre el tiempo, lo cual pareció demasiado forzado a la cuarta vez. De repente, Diógenes se agachó y recogió del suelo un trozo de algo parecido al estaño y se lo metió en el bolsillo como el que se encuentra un euro. El lituano contempló la escena sin saber bien cómo reaccionar, por lo que le preguntó “¿E… es para venderlo?”. Diógenes le miró con desprecio y se sacudió la cabeza lamentando haber accedido a la torpe invitación, “Es para conectar dos cazuelas, una la meto en el horno y la otra fuera, atándolas con el estaño, que es un magnifico conductor. Así preparo el primer y segundo plato a la vez y gasto la mitad de electricidad”, soltó entre suspiros que rogaban un cachito de paciencia. El chico quedó maravillado, “inteligente, práctica y ahorradora… es la madre de mis hijos”.

La tarde resultó ser maravillosa, para sorpresa de Diógenes y para ilusión de Marioneta; así se llamaba el hombre, aunque se hizo llamar Mario.

Los encuentros fueron aumentando y, entre birras casi regaladas en tugurios de mala muerte y puestas de sol en lo alto de un vertedero (donde antes del atardecer Diógenes se suministraba cuantiosamente), la llama que los conectaba fue creciendo. 

Mario le invitó a Diógenes a su piso para pasar una velada “romántica” en boca de Mario y “Agradable, maricón” en boca de mi hermana. Al entrar Diógenes en el piso, el cual había sido minuciosamente limpiado y ordenado, casi le da un telele. Metió a Mario a patadas en la cocina y confiscó la lejía y el estropajo sin mediar palabra. Así pasaron la noche, entre numerosos “inútil” de Diógenes y “Si lo he limpiado” de Mario, el cual perdía una media de 2kilos cada vez que estaba con mi hermana.

Las amigas de Diógenes empezaron a hablar de boda entre cafés y tabaco de liar, imaginando cómo sería la ceremonia y la celebración. Riendo a carcajadas narrando cómo la iluminación correría a cargo de bombillas reciclables y velas caseras, y el baile se abriría con la canción que suena en el 5º capítulo de The O.C -cuando Marisa va a casa de Ryan y le regala un disco que acto seguido suena de fondo-. Apostaban entre ellas cuándo cortarían la luz para ahorrar y dejar que la Luna fuese la única iluminación, y si a Diógenes le iba a dar un coma entre ingesta e ingesta de gin tonics en su propia boda. 

Diógenes negaba con la cabeza “¡Sí hombre, me voy a casar yo con ese mindungui que ni tiene en su habitación un poster de Norman Foster!”.

 

norman foster

 

Diógenes quería afianzar la relación, ella no era de medias tintas; el compromiso tenía miedo de ella. Así que resolvió invitar a Mario y a sus padres a su céntrico piso de Vilna a cenar. Los padres de Mario resultaron ser unos burgueses cuya no nacionalidad inglesa, se veía a leguas, les dolía en el alma. Ella desprendía una artificial frialdad notablemente estudiada y su rolliza presencia no casaba bien con una horrenda vestimenta. Él iba sobriamente vestido, con un peinado estratégicamente elegido para tapar la calva que conquistaba su coronilla.

 La madre pasó a la cocina obligada por su hijo para prestar ayuda a Diógenes. ”¿Qué son estas cuerdas que caen del extractor y van a parar a estos vasitos de yogures?” preguntó con tremenda curiosidad y un atisbo de asco en su mirada. “Hago velas con la cera de otras velas que encuentro en los vertederos, ¡ni se imagina como abundan! ¿Quiere una? Son die… quince euros” aventuró Diógenes, que vio que allí podía sacar tajada. “No, gracias, temo guardarlas en la nevera y comerme un trozo de vela pensando que es un yogur” acertó a decir la madre de Mario con toda la naturalidad que fue capaz de reunir. Diógenes empezó a troncharse de risa ante la ocurrencia de la vetusta madre, “Joder, como Joey cuando se toma el vaso de grasa, ¿no?”. “¿Joey? ¿Quién es Joey?” preguntó la señora con manifiesta incredulidad. “Joey mujer, Joey. ¡El de FRIENDS! Joey Tribbiani” le decía mi hermana aún con la sonrisa en el rostro mientras le “pinchaba” con ambos índices buscando complicidad en la vieja mujer. La impasividad de la madre de Mario dejó en evidencia a la pobre Diógenes, que fulminó a Mario con la mirada. 

Tras una incómoda cena, donde los padres de Mario se dedicaron a preguntar a Diógenes sobre la procedencia de los viejos muebles que aun desprendía tufillo a basura, éstos se fueron antes y quedaron solo la extraña pareja, visiblemente ruborizados. Mario se le acercó con una sonrisa provocadora e hincó la rodilla sacado de su chaqueta una cajita que al abrirla descubrió un anillo. Diógenes dio una palmada con ambas manos y aún unidas las sacudió hacia arriba, implorando a Dios “¿Por qué, Señor, por qué? ¿Por qué es tan maricona?”. Mario hizo oídos sordos a los berrinches de su amada y le dijo radiante “Casémonos mi Diógenes, eres la mujer de mi vida”. Diógenes le miró con expresión de asco y le soltó “deja de hacer el ridículo, levántate y te respondo a lo que quieras”. Mario encogió los hombros y arqueó las cejas con un tremendo temor en el cuerpo. Diógenes dijo “¿qué demonios le pasa a tu madre? ¿Qué es eso de ‘¿quién es Joey?’? ¿Tú te crees que puede venir aquí tu madre, a mi casa, y blasfemar de ese modo y luego venir tú y pedirme matrimonio? Tú eres un sinvergüenza de tomo y lomo”. “Diógenes por favor, te lo ruego, cásate conmigo, te juro que le vicio a mi madre a FRIENDS en un mes. Piensa en la boda, tú con el vestido de novia y todos mirándote, el viaje de novios; iremos a Siria, en territorio de guerra como me pediste. Una familia con muchos hijos, todos vistiéndose con la misma ropa heredada, viviremos pobres pero felices. Atrévete Diógenes”. 

Diógenes estaba callada, los ojos se le humedecieron, sus labios apretados dibujaban hermosas comisuras. La piel de gallina. Un sobrecogedor cosquilleo le recorrió las piernas hasta la espalda. Se acercó y le dijo cerca del oído, muy cerca: “¿Y ese anillo?”. Mario dudó si mentir o no, pero empezaban una nueva vida y la sinceridad debía estar presente desde el minuto 1, “Es un clip, lo recogí del cubo de basura en frente de la copistería. Estaba tan… oxidado, como a tí te gusta, que no me resistí. Fue una señal de allá arriba” susurró Mario mientras le apartaba los pelos más rebeldes de sus pequeñas orejas. Diógenes se derritió a medida que las palabras salían de la boca de Mario y no pudo aguantar más, era el hombre de su vida: “SÍÍ, SÍÍÍÍ, SÍÍÍ Y MIL VECES SÍ”.

 

Firmado: Poet Anderson

*Todas las imágenes son de Pinterest*

 

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