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Es domingo por la tarde y, mientras me invento alguno de los platos que conformarán el menú de esta semana, me siento a escribir un rato, que le he prometido a Mery nuevo material de post y hace tiempo que no me pongo a ello. Y cuando pierdes el hábito de hacer una cosa corres el riesgo de que te cueste empezar de nuevo, así es -como el que corre todos los días y deja de hacerlo durante un mes, que le pregunten a ése qué tal ha ido el primer día de entrenamiento-.

Le doy una vuelta a temas que les puedan interesar y me pregunto si el 2015 habrá decidido acabar con parte de mi inspiración; no puede ser, ¡si éste va a ser un año épico, lo dicen en todos lados! Tal vez necesite un viaje a algún lugar exótico que me llene de experiencias que contarles o un baño con espumas y sales rodeada de velas y con canciones de Alejandro Sanz de fondo que me despeje la mente… sí, he dicho Alejandro Sanz. Mientras, mi compi de piso me recuerda horrorizada que mañana es Lunes. Y yo pienso que bastante tengo con lo mío hoy ¡y que mañana será otro día!

Pero me pongo a pensar  en aquella época en la que los domingos eran un día tristísimo porque nos recordaban que al día siguiente había cole y teníamos que hacer deprisa y corriendo los deberes que habíamos dejado apartados durante todo el fin de semana, y me pregunto si ahora contemplamos nostálgicos el fin de tan ansiado y merecido weekend.  Y entonces reparo en un cuento que leí hace algún tiempo y que me gustaría compartir con ustedes.

" Desde sus primeros años como colegial, Román esperaba todos los lunes la llegada del viernes con gran ansiedad. Esto empeoró con la edad, a medida que sus responsabilidades en los trabajos que desempeñaba se convertían en pesadas rutinas.

Quizá por eso se alegró tanto cuando una semana ocurrió algo insólito: no hubo martes ni miércoles ni jueves. No es que se alargara el lunes, o entrara antes el viernes; sencillamente esa  semana tuvo sólo cuatro días y justo los tres que faltaron eran los correspondientes a los que él no deseaba.

Lo curioso del fenómeno es que así volvió a suceder la siguiente semana y la siguiente, de modo que a partir de entonces las semanas se sucedían con sólo cuatro días. Román, entonces, empezó a disfrutar con mayor entusiasmo de esas jornadas, no sin cierta pesadumbre ante la perspectiva de pasar lunes y viernes en la oficina. Ya estaba prácticamente acostumbrado a esta situación, cuando llegó un momento en que tampoco hubo ni lunes ni viernes.

Pasó lo mismo que cuando desaparecieron los otros días, no quedó ni rastro. Sólo dos días y ya estaban en una nueva semana. Y pasaron muchos años así, con un Román aburridísimo de no hacer otra cosa que ver la televisión en casa los domingos, anhelando que llegara el sábado. Finalmente sucedió algo que era casi previsible: semanas de un día. Sólo sábado. Hasta que llegó un día en que también desapareció el sábado, con lo que a Román no le quedó otra salida que morirse.

Y así vive desde entonces, completamente muerto,

pasando semanas que no existen."

 

Pues eso, que disfruten CADA DIA. Que hasta un martes cualquiera que parece que está ahí, de pegote, ¡tiene lo suyo!

SONRIAN Y SEAN FELICES

Gabi 

 

PD: ¿Sobre qué temas les gustaría que escribiéramos? Nos encantaría saber.

Imagen: Paul Almasy

 

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