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Estamos de suerte, me ha pillado un comienzo de semana sin vergüenzas y repasando las fotos de la boda. Me he hecho la sueca al cazarme a mí misma seleccionando fotos de mi vestido con intención de publicarlas. ¿Para qué ponerle puertas al campo? Sólo lo utilicé 14 horas y necesito sacarle más jugo al asunto, así que hoy me arranco por bulerías.

Yo no tenía ni idea de cómo quería que fuera mi vestido de novia. Ni pajolera. Pero sí que, siendo la celebración en un entorno playero, el vestido debía ser algo informal, cómodo y que no pesara. Y que me hiciera delgada, obvio. Invadida por mi espíritu googlero recorrí  internet a golpe de palabras clave y con un sencillo “BOHO BRIDE DRESS”, el vestido acudió a mi encuentro. Era de Minna Hepburn

Ella es una diseñadora finlandesa eco friendly -vamos que sus diseños están confeccionados con tejidos orgánicos y de producción sostenible-. Pero a mí lo que me gustó fue que su estilo era una mezcla de vintage y hippie, sin grandes pretensiones. Me recorrí la web de arriba abajo y descubrí que tenía un taller en Londres, ¡justo iba a pasar un finde allí la semana siguiente! Era una señal. Me dieron cita y le dije a Gabriela –que vive en Londres y a la que todavía no había anunciado que nos casábamos- que teníamos una reunión con un proveedor para Strending.

Llegado el día, recogí a Gabi en su trabajo londinense y, siguiendo la dirección que figuraba en la web de Minna, acabamos llamando a la puerta de una iglesia (¿?¿?). Por el telefonillo nos confirmaron que sí, que estábamos en el lugar adecuado y que bajaban a abrirnos, así que aproveché ese lapso de tiempo para soltarle a Gabriela que no habíamos ido allí a ver complementos para Strending, sino vestidos de novia. Jamás imaginé que medio minuto podría cundir tanto como para anunciar tu próximo casamiento y calmar la hiperventilación de tu interlocutora. Pero así fue.

Resulta que el taller de Minna está situado en la buhardilla de aquella iglesia que mencionaba; fue entrar y entregarnos ambas a aquél pequeño e idílico espacio, cuya tenue iluminación en una heladora tarde-noche de invierno londinense lo convertía en un escenario muy a lo Jane Austen. Aquél era el escenario de una novela romántica. Y de allí iba a salir mi vestido de novia.

Me probé el vestido fichado y no tuve que preguntarle mucho a Gabi, pues ella lo vio claro y yo me sentí muy cómoda. “Me chifla” me repetía ella, la chica de cuyo criterio fashion me fío al 100%. Y ya no hubo más que hablar (aunque confieso que aproveché para probarme un par de modelis más, era la primera vez que me embutía en vestidos de novia y quería divertirme). Me tomaron 3 medidas (¡solo tres! hombros, cintura y cadera) y me dijeron que la compra se efectuaba online, y una vez hubiera sido realizada comenzarían a confeccionar mi vestido con mis -¡tres!- medidas. En media hora habíamos despachado el asunto.

El vestido lo compré a golpe de click un 31 de diciembre sin avisar antes a nadie -y tras un "te queda mejor que a la modelo" que soltó mi madre cuando le enseñé mis fotos-. Posteriormente por power point envié al equipo de Minna una idea de unos cambios que quería hacerle a la parte de arriba y el resto quedó en sus manos. Básicamente pasaron un poco de mí y no me hicieron caso durante las semanas que siguieron, todo hay que decirlo, y cuando recibí el vestido un par de meses más tarde en un estuche del tamaño de una caja de zapatos (lo juro, sería de zapatos de baloncestista, pero zapatos al fin y al cabo) por un momento se me cruzaron pensamientos tenebrosos por la mente: “María, tu osadía online te va a salir por la culata. ¿Cómo puede llegar un vestido de novia bien en tan reducido envase? Te han dado gato por liebre, insensata, veamos el alcance del desastre”. Pero de allí surgió mi vestido sin arrugas, cómodo, ligero y más precioso de lo que lo recordaba. Y me quedaba perfecto (¡¿con sólo 3 medidas mías?!). Prometo que nunca tuvo que ser planchado, así como tampoco el velo, también de Minna y que llegó en una caja aún más pequeña.

Guardé bien el vestido para no tener la tentación de probármelo cada dos por tres y cansarme de él antes de que llegara la boda. Y el 13 de junio volvió a ver la luz.

 

vestido de novia boho para una boda hippie en la playa

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Después de que la mitad de los invitados se tropezara sin querer con el velo, fue hora de deshacerme de él y dar paso a una media corona de Strending (Diana, muchas gracias por hacer mi corona con tanto cariño). Al comienzo de la noche la llevé hacia atrás y después acabó de diadema. 

 

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Hace un par de semanas el Míster venía de recoger mi vestido del tinte, y me obligó a guardarlo bien guardado. A pasar página bodil, vaya. "Pero es tan bonito", le decía yo. Y él me daba la razón como a los cortos de entendederas, mientras me convencía insistiendo en que si no lo guardaba de una vez por todas, el traje aguantaría mal el paso del tiempo. Así que lo devolví a su caja de zapatos particular... con la intención de volver a sacarlo y ponérmelo cada 13 de junio. Así es. Incluso cuando tengamos hijos y peligre la integridad nívea del vestidazo... y es que observen lo que gana el look con un bebé en brazos.

 

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Está claro.

 

 

Vestido y velo: Minna Hepburn

Corona flores: Strending

Zapatos: Dune London

Fotografías: José Espinosa

 

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