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Quien me conoce bien sabe que no soy muy de maquillajes. Sufrí por tener que elegir una base  para llevar el día de mi boda, y suelo enfrentarme al día a día con la cara lavada. En ocasiones especiales tiro de máscara de pestañas, antiojeras y colorete. Pero hace poco he incorporado el truco del almendruco: el lápiz de cejas.

Siempre he tenido obsesión con las cejas; las mías tienden a despeinarse y a parecer “caídas”, y no hay nada que cambie más la personalidad de una cara que la forma de este par de conjuntos capilares. Tan curioso como cierto.

De hecho sufro con aquellas mujeres que se las depilan en exceso (ayyyy, ese hilillo…); pero en esos casos sufro por contenerme las ganas de comentarles que existen otras opciones, que entierren la pinza de depilar o dejen de visitar a su estecicién, que –por el amor de Dios- hay vida más allá de una ínfima línea sobre los ojos. Y de hecho cada día soy más fan de los casos opuestos. ¡Arriba la frondosidad!

La cuestión es que no sólamente una ceja es bonita por su forma, su altitud o largura. Es bonita por su color o su espesor también; es bonita cuando reina cierto orden en todo ese conjunto de pelitos y las calvas brillan por su ausencia. Pero es muy probable que la mayoría de nosotras queramos mejorar las nuestras; y por eso yo les animo a que se entreguen sin temores al lápiz de cejas.

Además es taaaaannn fácil de usar: sólo tienes que jugar al “pinta y colorea”: rellenar la propia ceja, vaya. En el sentido de los pelitos. Es darle un poco más de densidad al asunto. Y luego la peinas con el cepillito que el propio lápiz suele llevar incorporado. Y ya el truco profesional para que se “queden en su sitio” es rociar el cepillito con un poco de laca y dar la pasada final. Prueben y me cuentan.

 

maquillarse las cejas como cara delevigne con un lapiz

 

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