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Recibo mensajes por whatsapp instigándome a que publique un post sobre el 13J, pero yo todavía no sé si quiero hacer pública nuestra boda, describirla en orden cronológico, con todo lujo de detalles sobre los proveedores y publicando el reportaje generoso de fotos (de las que todavía no dispongo). 

Y quizá deba tragarme estas palabras dentro de unas semanas cuando me de el flus y les bombardee con cómo fue nuestra boda hasta que tengan la sensación de que ustedes también estuvieron invitados. Quién sabe, la bipolaridad sigue asaltándome por momentos y creo que si me vislumbro muy cañona en las fotos que nos entregue nuestro fotógrafo y amigo Pepe, publicaré cual editora jefe del ¡HOLA! tras una boda real: sin mesura.

Mientras tanto, sí puedo adelantar los recuerdos y sensaciones más vívidos que tengo sobre el 13J. Las anécdotas que hicieron de ese día, nuestro día. Los momentos que revivo con una sonrisa lela que no se me borra desde hace un par de semanas:

 

- Empezar la tarde ya despeinada.

 

- Mi mejor amiga y yo, mano a mano -copas de champán lo atestiguan- mientras ella me maquillaba y me ayudaba a vestirme. Encontrarme guapísima frente al espejo y un poco piripi. Pasarme al agua a tiempo.

 

- Que el vestido comprado online me quedara como un guante.

 

- La cara de desasosiego de mi padre al entrar a la habitación y verme vestida de novia.

 

- Cantar 19 días y 500 noches en bucle en el coche camino a la iglesia. Y a 4 voces: mi primo que ejercía de chófer, mi mejor amiga de copiloto, mi pobre padre hecho un flan a mi vera en la parte de atrás y yo intentando sacudirme los nervios del cuerpo a grito pelao´. 

 

 

- Mi madre aguardando, puro manojo de nervios, en la puerta de la iglesia. 

 

- No percatarme de que los sobrinos de mi todavía novio me esperaban para abrir el paseíllo hacia el altar y entrar directamente a la iglesia sin ellos. Menudo estreno como tía.

 

- El capital humano que nos rodeó aquella tarde y nos respalda siempre. 

 

- Sentirme muy afortunada. 

 

- Mi padre frenando en seco el comienzo del paseíllo hacia el altar para tocar personalmente la campana de la iglesia. 

 

Eres tú de Mocedades antes del intercambio de los anillos. Y yo cantándosela al oído al Míster.

 

- Querer (y contenerme) interrumpir la ceremonia para pedirle al videógrafo que hiciera el favor de quitarse la gorra. Prohibida una gorra en cualquier iglesia.

 

- El Padrenuestro marinero.

 

- La ovación (sin arroz) que recibimos a nuestra salida de la iglesia. No pude evitar levantar los brazos en señal de victoria, como si acabáramos de ganar el dobles mixto de Wimbledon.

 

- La Guardia Civil parándonos a mi recién adquirido marido y a mi por exceso de velocidad (en un control que nunca hay en mi localidad).

 

- Invitados adelantándonos en coche camino a la celebración.

 

- Fotos con invitados ¡EN EL PÁRKING!, nada más llegar.

 

- Morirme de vergüenza cuando nuestro fotógrafo nos quería hacer fotos más "cariñosas" a la orilla del mar.

 

- Empeñarme en interrumpir el cóctel y reunir a todo el mundo para una foto de grupo que ahora todos quieren.

 

boda en collados beach de La Manga en la playa

 

- Entrar al restaurante y vislumbrar el generoso sushi bar. Querer catarlo al cabo de un rato y comprobar que no quedaba nada.

 

- El parloteo constante en inglés de fondo.

 

- No comer.

 

- Hablar sin descanso.

 

- Las invitadas volviéndose locas en el cuarto de baño con las coronitas de flores y tatuajes metalizados que puse en un arranque de excentricidad y que triunfaron como la coca cola.

 

- La negraza que nos puso a todos a bailar.

 

- Ese invitado con un talento sobrenatural (y hasta la fecha desconocido) para cantar y que se marcó un "Hoy va a ser mi gran noche"  sin parangón.

 

 

- El ramo que le dio en la cabeza a un amigo que se encontraba inmerso en la actualización de sus redes sociales, con la única particularidad de que lo hacía situado entre el grupo de solteras preparadísimas para pescar el ramo al vuelo.

 

- La pista de baile que no desfalleció.

 

- Sentirme la más jefa porque el DJ sólo atendía mis peticiones y en la barra de copas la masa me daba prioridad absoluta para pedir.

 

- El megatrón.

 

- Sofocar las conspiraciones que pretendían tirar a mi recién adquirido marido a la piscina.

 

- Bailar como ultimísima canción "Wonderwall", muy agarrada al Míster y evadidos de toda la juerga.

 

 

- Regresando al hotel, con las últimas fuerzas que me quedaban, negarme en rotundo ante las sugerencias de mis amigas que ya se imaginaban cómo podía customizar mi vestido de novia para poder darle uso en el futuro en plan más casual.

 

 

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