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Acabo de hacer algo que pensé que nunca ocurriría: levantarme de madrugada para asaltar la nevera. Cual forajida. Sólo que han transcurrido unas pocas horas desde que aterrizamos, tras la luna de miel, en el hasta hace poco piso de soltero de mi recién adquirido marido. Pero con lo que yo no contaba es que mi querido Míster -buen amo de su casa es él- había aprovechado el viaje de novios para dejar el frigorífico desenchufado, limpito y VACÍO antes de partir a recorrer Nueva Zelanda en autocaravana a mi vera.

Así que he tirado de despensa y me he entregado a las patatas fritas, una lata de espárragos Cojonudos -se llaman así de verdad-  y al atún en escabeche. Y como el aperitivo me ha sabido a poco, en estos mismos instantes acabo de marchar un arrocito blanco. Que eso nunca le sienta mal al estómago a las 4 de la mañana. Así que aquí me tienen, intentando matar los 20 minutos más largos de mi vida de recién casada. Y claro, el blog, tan abandonadito mío, ha decidido reclamar mi atención durante esta inquieta espera. ¿O sería simplemente el cargo de conciencia?

Lo cierto es que mi intención  tras estas semanas de desconexión absoluta era –además de actualizar producto en Strending- traerles un post sobre cómo sobrevivir a la luna de miel en autocaravana; pero según me he cazado a mí misma cual desperate housewife devorando las viandas enlatadas, he experimentado la urgente necesidad de contrarrestar tan poco ortodoxo comportamiento con alguna acción de provecho. Yo es que soy una firme creyente de la Teoría de la Compensación -de la que me encuentro en proceso de elaboración-. Por eso tienen aquí, a tan intempestivas horas, mi confesión en forma de nuevo post.

Maldito jet lag, sabía que me la jugarías de mala manera a mi desembarco en el hogar conyugal. Aunque quizás también han tenido algo que ver las escuetas bandejitas de comida de avión especial bajas en grasas y colesterol –ideacas que nos surgen cuando hacemos el check in online en el último minuto-, que ya hemos comprobado son universales para desayuno, comida y cena: salmón vaporizado y espinacas hidrolizadas. Y lo mismico para cada uno de los 4 vuelos eternos en los que nos hemos embarcado desde Christchurch a Madrid. Sí, nosotros hemos sido aquéllos a los que les sirven la comida antes que al resto de pasajeros. Pá qué tanto misterio, me digo. Nunca había podido fichar lo que les servían a aquellos viajeros que iban de avanzadilla, y ahora lo he experimentado en mis propias carnes. ¿Que quieres arroz? Pues toma dos tazas.

Y hablando de arroz, ahora he de dejarles. La alarma de los 20 minutos me reclama y no hay nada que me fastidie más dentro de mis limitadas dotes culinarias que un arroz pasado.

 

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