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Todos los puntos de las “i” habían sido reemplazados por corazoncitos en boli rojo. Y ni siquiera ese detalle tan evidente me hizo sospechar.

Yo estaba más apurada porque mis afectos no eran recíprocos, y no sabía cómo comunicárselo sin herir sus sentimientos. Es que, veamos, el chaval se había armado de valor para enviarme una carta por San Valentín a través de la red de mensajería que se organizaba en el colegio durante tan señalada fecha: pagabas 100 pesetas (sí, era en AQUELLA época) y entregaban la carta al chico/a de tus amores secretos. El que no arriesga no gana.

La carta podía ir firmada o no, y la que yo recibí iba firmada. Era una realidad. Con nombre y corazoncitos.

Por 200 pesetas podías también añadir una flor. Todo lo recaudado sería destinado al viaje de estudios. Las cartas las entregaban durante el horario lectivo:

Estabas en clase de mates y “toc, toc, ¿se puede?”

Entraban un par de alumnos más mayores: “Somos del reparto de cartas de San Valentín. Tenemos una entrega para María.”

Sólo había una María en mi clase, así que no cabía duda alguna: era yo.

25 caras se giran y me miran. Los minutos más largos de mis 14 años de historia.

Primero veo las flores, unos tulipanes rosas medio mustios. Pienso que las flores las habrían comprado los alumnos la tarde anterior y los pobres no habrían pasado la noche en agua.

Después abro la carta y busco la posible firma: LUIS.

Levanto la mirada y lo veo, 2 filas delante de mí. Cabizabajo en su pupitre, garabateando ecuaciones en su cuaderno. Su inmortal camiseta del Barça. No se dignaba a girarse y mirarme.

Yo escaneaba su carta en diagonal, sin ser capaz de leerla en orden. Los corazoncitos rojos de las íes me aturdían. Sentía el latido a mil por hora en las sienes. Notaba 25 pares de ojos clavados en mi. La cara me ardía de vergüenza. ¿Que LUIS está enamorado de MÍ? ¿LUIS? ¿DE MI?

Eso me confesaba en su misiva, que desde que había entrado el año pasado al colegio se había fijado en mí y ya no podía aguantarlo más, necesitaba desembucharlo. Que por favor no me enfadara con él, que aunque sabía que yo no quería tener novio hasta los 16 años, necesitaba decírmelo ya. Que le parecía guapa y le encantaba que me gustaran los deportes. Que a ver si algún día podíamos quedar fuera del colegio.

¿¡¿¡Y qué demonios hago yo ahora!?!? Era lo único en lo que podía pensar, en cómo salir de aquel atolladero. Yo, que no quería ver los amores ni en pintura, que me consideraba muy niña para aquellas tonterías, que a mí lo que me gustaba era jugar al tenis, montar en bici y como mucho Leonardo DiCaprio en TITANIC. ¿Yo ahora con el marronazo de tener a un enamorado rondándome? Ni hablar. Esto lo corto de raíz ahora mismito. Ni tulipanes pochos ni historias, que se entere que yo no soy conquistable. Y que los corazoncitos rojos sobre las íes sobran. Cursi, más que cursi.

Agarro la carta y me levanto. Nerviosa, pero decidida. Luchando contra el sentimiento de compasión por él, por ese amor que yo no podía ni quería corresponder. Vamos a ver, que tenemos 14 años. ¿Éste qué se ha creído?

Avanzo los 4 metros que nos separaban. Le toco en el hombro, y su expresión cuando le planto cara, exigiéndole explicaciones, era de pura desorientación. Resulta que no estaba garabateando ecuaciones, estaba leyendo con incredulidad una carta de amor que él también acababa de recibir (en mi aturdimiento, no me había percatado de quién más había sido tan afortunado). Vislumbro corazoncitos de boli rojo en todas las íes de su carta… demasiada coincidencia… y entonces entreveo que su mensaje también va firmado.

MARÍA.

 

Y sólo había una María en nuestra clase. Era yo, obviamente.

Le enseño la carta que acababa de recibir, no cruzamos palabra, pero entendemos que hemos sido objeto de una inocentada amorosa. Y en cuanto levantamos la vista de nuestras respectivas cartas distinguimos a los responsables: el grupete de chicos guays de la clase.

Y a partir de entonces dejé de creer a cualquier chico que me dijera que le gustaba. Fue mi mecanismo de defensa. Los corazoncitos de tinta roja se me aparecían como voces de la conciencia: “María, no creas todo lo que ven y leen tus ojos”.

Pero claro, maduré. Y di unas cuantas calabazas, pero cuando por decimocuarta vez mi actual marido (entonces pretendiente) me dijo que le gustaba y que quería estar conmigo, pues claro: me lo creí.

Y arriesgarse a creer mola. Se lo digo yo. Salir de la zona de confort. Ahí es donde ocurre la magia. Aunque, a priori, te horrorice la idea.

Así que, si algún día les llega cualquier tipo de declaración edulcorada con corazoncitos, de primeras créansela. Aunque no les encaje. Aunque les de una pereza tremenda. Aunque sospechen que no es verdadera.

Pongan buena cara y no acudan con ladridos a exigir explicaciones, ni se enfanden si no es de su gusto. Al final todo cae por su propio peso, todo se aclara y, sea una broma o no, a nadie le amarga saberse gustado/a.

Disfruten, cada cual a su manera, de San Valentín. 

 

 

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