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En apenas tres meses hará un año que mi primera hermana se casó. Tras aquellos días frenéticos, en los que cada hora computé como pelos que se me caían –Suspiros tiene gran parte de la culpa-, disfruto de una calma que temo se prolongue en demasía. La verdad es que mis padres han esperado 31 años para ver el casamiento de su primera hija, y me lo pasé tan bien en el mismo, que no quiero esperar otros 31 años a que se case la segunda y mis hijos se casen antes que mis hermanas. Tampoco quiero esperar otros 31 años para mi segunda aparición en este blog, que en todos esos años se me van a acabar los temas de fútbol para escribir en el blog con el que le pongo los cuernos a Strending.

Bien pues, he decidido adelantar la boda de mi segunda hermana.

 

la boda de mi hermana en cuba

 

Si no se casa, ya la caso yo, no porque pretenda que la sotana sea mi vestimenta el resto de mi vida –sé que Suspiritos, valga la redundancia, suspira por ello- sino porque sé a ciencia cierta cómo será la boda. Como saben, 5 hermanas completan mi familia, así que del amplio elenco con el que cuento hablaré de una que también escribe en este blog; se hace llamar Wazowsky, pero en realidad se llama Yupi.

Dicen que lo de Wazowski surgió porque de pequeño yo no sabía pronunciar Yupi. 

Yupi se casó una tarde de octubre. ¿Por qué octubre? Pues resulta que en boca de Yupi “¡¡Nadie se casa en octubre!! ¡¡Me parece tan indie!!”, así es ella: octubre mola, me caso en octubre. Yupi se casó con un hombre interesante. Interesante para ella, a mí me parecía un tío raro de narices. Se rascaba el codo con vehemencia a la vez que te miraba intensamente al pelo con los ojos bien abiertos cuando hablabas con él. Mi hermana decía que no era el típico que te miraba a los ojos y asentía como si te escuchase, cuando en verdad no lo hacía, decía que “él te escucha de verdad”. Yo prefería que no me escuchara a que prestase atención a lo que dijera y temer por mi integridad física.

El hombre que pronto se convertiría en mi cuñado vivía en el Centro de Sevilla y trabajaba de peón en un taller de coches. Barría el taller a diario y compraba las herramientas que su jefe le pedía. En un primer momento pensé que acababa de llegar al taller y le habían dicho que empezase desde abajo, y que pronto promocionaría si trabajaba bien. Pero resulta que no, él me comentó que llevaba 11 años en el taller, mientras me miraba el pelo, inquisitivo. Mi hermana me dijo que al buen hombre “Le habrán ofrecido ser mecánico varias veces, pero seguro que prefiere que otro más necesitado sea el elegido ¡¡Es tan humilde!!”, mientras me contaba aquella milonga la miraba extrañado, con las piernas estiradas y medio tumbado en el sofá del salón. “Tu novio es un pringado, Yupi, y tú lo serás pronto”, pensaba, pero preferí alimentar su mundo: “Dicen que los que barren talleres les toca la lotería antes de los 30”. Yupi se incorporó de un respingo y arqueó las cejas, se dibujó tal sonrisa en su cara que hubiera apostado un caballo a que se le rompía en dos, “¡¡Te lo dije!! ¡¡Los barrenderos son los mejores!! ¡¡Es tan maravilloso!!” dijo mientras suspiraba para sí. Ella se suele tragar este tipo de cosas.

 

novio mecánico para una boda en la playa

 

Se conocieron una mañana que mi hermana llevó el coche al taller. Su futuro novio estaba barriendo y sin querer se le cayó la escoba, mi hermana se la recogió y empezaron a charlar. No sé de qué habla mi hermana cuando conoce a gente por ahí, porque lo hace muy a menudo, pero resulta que esa misma mañana le pidió matrimonio.

Mi hermana Yupi al barrendero. Sí, no al revés.

Hacían una extraña pareja, pero se les veía felices. Aunque, francamente, Yupi estaba siempre feliz. Para ella todo era rosa y la humanidad se daba de la mano con armonía para bailar en corro. 

Ambos eran de Sevilla, pero a mi hermana Yupi le dio por casarse en La Habana. Así, en una noche de desvelo, donde todos cobramos vida a nuestros sueños -yo por ejemplo me imagino marcando en el Bernabéu mientras mando callar a la grada en el último minuto-, mi hermana pensaba que era divertido casarse en La Habana. La verdad es que la visitó hace un año junto a mi hermana Indiana (ya os hablaré de ella, merece un post de arriba abajo), y se quedó prendada, como de todos los lugares que visita, pero de Cuba en especial. Y nada, la crisis son los padres y yo me caso en Cuba con mi marido el barrendero. Yo estaba tranquilo porque mi viaje estaba subvencionado por la dictadura de mi casa, lo cual no tiene mucho sentido pero no me paré a protestarlo. Todos viajamos a Cuba con visible ilusión, imaginando cómo sería la ceremonia y por qué Yupi nos dijo que no lleváramos zapatos para la boda. Yo ya me olía la locura.

 

Boda en la playa sin zapatos o con los pies descalzos

 

Estábamos en el hotel ya vestidos, todos juntos en la habitación de mis padres, ya que habíamos sido citados allí. De repente y sin previo aviso, Yupi irrumpió en la habitación con una sonrisa pletórica y con los brazos estirados hacia arriba, imitando el sentimiento del costoso triunfo, saltando con un pie recogido apuntando hacia atrás “¡¡¡Hoy me caso!!!”. Mis padres se partían de risa ante el ataque de felicidad tan típico en ella y mis hermanas lloraban aún sin creérselo. Yo la miraba nervioso, esperando el cese de abrazos para preguntarle dónde carajo estaban mis zapatos. Se lo pregunté en un tono bastante desagradable en concordancia con la situación, pero su respuesta me excusó por completo: “He aquí la sorpresa, no necesitáis zapatos… ¡¡Me caso en la playa!! ¡¡¿¿No es guay??!! ¡¡Como en las películas!!”. Las caras de los allí presentes eran un poema, mi padre llegó a sacudirse la cabeza hacia el suelo frotándose la frente, preguntándose qué falló en la educación de Yupi, y dándose cuenta que aquello era irreparable. Ese “encanto” porque las noticias lleguen en el último minuto nunca alcancé a comprenderlo, pero por lo visto era la personalidad de Yupi y eso lo salvaba todo.

La ceremonia fue en un acantilado cubano, situado sobre unas palmeras paradisíacas y rodeado por velitas de IKEA, que parecían las luces reflectantes que delimitan la autovía para que no te salgas de ella, con un altar montado demasiado cerca del borde. Tan cerca que estuve toda la eucaristía contando cuantos metros había hasta la playa y pensando si el cura moriría si al acantilado le daba por ceder. Mis padres, claros representantes y fieles de la ideología progresista y anti-tradicionalista, estaban horrorizados. Claro, ellos querían una iglesia de piedra, con un cura que hablase castellano, con unas damas de honor sin collares hawaianos, todo el mundo con zapatos y sin temer por su vida en un acantilado. Lo que viene siendo una boda regular, media y estándar. Pero ellos no tuvieron una hija regular, ni media ni estándar; ellos tuvieron a Yupi.

 

la buena educación

 

Tras la cena, que contó con el maravilloso servicio de unas cubanas con falda de tiras y bikini de cebra con las bandejas para picar sobre la cabeza, lo cual causó seria indigestión a mi querida abuela paterna (también de la liga progresista), vino lo que en realidad más apetece a todo el mundo que no es amigo íntimo o familia de los novios, e incluso a alguno de ellos: las copas. Tampoco éstas fueron normales, tampoco éstas. A mí ya me empezaban a doler los pies, que sufrían descalzos los pinchazos de alguna que otra mala hierba que se les escapó a los jardineros.

Fuí directo a la barra y sentí esa sensación tan recomendable de cuando pides la primera copa, que sabes que es la primera de muchas y miras con aprobación todas las botellas impolutas y aún vírgenes en la estantería.

Llamé al barman y le pedí un whisky con cola intentando aparentar que esa primera copa me importaba un bledo. El buen hombre me sugirió “La especialidad de La Habana”: ron cubano con néctar de mango y azúcar moreno, servido en un melón sin sesera con una pajita para la aventurera ingesta. Lo miré con el ceño fruncido arqueando una ceja, esperado que aquel cubanito lo tradujese a un “¿Qué carajo me estas contando? Quiero mi copa en vaso ancho de cristal, con Johnny, Coca-Cola y hielos regulares”. Lo tradujo, aunque a medias: el whisky era 100 Pippers, pude soportarlo. Mientras lo preparaba, saqué un Ducados y lo sacudí un par de veces sobre el mechero antes de metérmelo en la boca. Cuando me dispuse a encenderlo escuché un cercano “¿Me da un sigarrito siñor?”. Torné los ojos sin girar la cabeza y topé con un sujeto con pinta de indigente que soltaba un tufo muy poco agradable. “Claro amigo” le dije ofreciéndole la cajetilla, “¿Amigo del novio?”, le pregunté amistosamente. “¿Del novio? No, no, me invitó la novia. La conosí justo ayer, que le pedí un poco de guita y resultó ser muy linda. Hablamos casi una hora y me invitó como testigo”. Mi cara de póker fue de campeonato, levanté la cabeza como gesto de despedida mientras me marchaba estrujándome el pecho con la mano. Yupi me volvió a sorprender, pensé que era imposible a estas alturas.

 

cara de póker

 

Bailamos y bebimos como auténticos reyes, hasta tal punto que se nos olvidó aquello de ir descalzos. Más de uno se debió caer por el acantilado, pero seguro que prefería morir allí que pagar el billete de vuelta.

Así será la boda de Yupi, os lo puedo asegurar, paso a paso. Si no se lo creen, es que no la conocen. Aunque seguro que la conocen mejor que el mendigo que fue su testigo.

Firmado: Poet Anderson

 

 

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