Highlight

A 2 semanas largas de que llegue el gran día, los comentarios que me llueven siguen siendo los que les explicaba hace poco: “no te queda nada, ¿ya lo tienes todo preparado?”.

Pues sí, señores, sí. Si fuera sólo cuestión de preparativos podríamos habernos casado hace ya 4 meses. Vamos, que poco había que avanzar en las últimas semanas. Al menos en lo correspondiente al Míster y a mí.

Otra cosa son los detalles secundarios, que no dependen exactamente de uno mismo:

Mi madre no es de las que repara en nimiedades, pero cuando algo se le pone entre ceja y ceja, no hay quien la baje del burro. Desde hace 2 meses tengo que escucharla repetir: “Mery, deberías tomar el sol”, cuando lo cierto es que estoy al sol TODOS LOS DÍAS, pues vivo en zona costera y me baño en el mar a diario. Pero a ella no le parece que mi tez esté lo suficientemente bronceada. “Pero para la boda te vas a poner más morena, ¿no?”. Y así todos los días.

A esto se ha juntado que las últimas mechas que me dí (estratégicamente pensadas en cuanto a timing pre-boda) empiezan a tener un contraste un tanto Shakiriano por la velocidad rapunzeliana a la que ha decidido crecer mi cabellera. Vamos, que ha metido el turbo la muy maldita. Y para combatir el efecto raíz ya está mi madre con su estribillo: “Eso se te arregla poniéndote al sol”.

Pero no, yo ya sé que no. Que esto se arregla pasando de nuevo por la pelu, mal que me pese, pues ya conocen mis penas peliagudas.

El otro soniquete con el que mi madre puede componer el remix del verano, es con la incógnita de qué se va a poner mi padre para la boda. Como el momento fiesta es playero, hemos comentado a todo el mundo que la vestimenta puede ser algo más casual que en una boda al uso. Así que a los chicos los hemos liberado de corbata y los chaqués están vetados.

Mi padre, inocente él, pensaba ponerse el mismo traje que ha utilizado en los últimos 20 años para las cuatro bodas y algún funeral a los que ha tenido que acudir. Resultaría lógico y práctico –lo de utilizar el mismo traje antiguo pero poco usado-, si hablamos de alguien que cohabita con el microclima tropical de La Manga en bermudas desde que comienza el mes de Marzo. Bermudas de colores alegres, eso sí. Que es sencillo pero tiene gusto.

La cuestión es que, como les digo, mi madre no se apea en lo de que el hombre ha de adquirir un traje nuevo para la boda de su hija. Y eso a él le parece el anti-plan. Aunque en algún momento le escuchamos decir con la boca pequeña: “Bueno, quizás tendré que ir a probarme a El Corte Inglés”. A lo cual yo respondí negativamente y sin miramientos, soltándole un soliloquio sobre las bondades del apoyo al pequeño comercio. “Tú te compras el traje en una sastrería”. La cuestión, que el hombre hace un par de semanas se dejó hacer… mi madre lo arrastró a la sastrería con más solera de Cartagena, donde la persona que le atendió… digamos que no tenía un buen día y no se lo puso nada fácil a su potencial cliente. Vamos, que después de probarle el traje ya hecho de mayor talla y anunciar al pobre diablo (mi padre) que no le quedaba bien, le advirtió que tendría que hacerle uno a medida. “¿Cuándo es la boda?”, “el 13 J” respondió pronta mi madre, queriendo hacerle fácil el trago a su cónyuge. “Ah, no, para entonces no llegamos”.  A lo que mi páter le cortó en seco tendiéndole la mano, se la estrechó, y salió de allí por patas.

El profesional le había puesto en bandeja los argumentos

que necesitaba para no tener que comprarse ningún traje.

Pero, a estas alturas de la película, ya saben cómo es mi mamasita. Pasados un par de días del incidente, me susurra que tenemos que solucionarlo. Nos queda un último cartucho y el tiempo corre en nuestra contra. Así que yo doy un giro de 180º a mi speech pro-pequeño comercio y enaltezco las virtudes de El Corte Inglés: “Papá, que en El Corte siempre tienes solución para todo. Y además las dependientas son encantadoras y te atienden fenomenal. Son el antónimo del señor de la sastrería”.

Porque mi padre es animal de Corte Inglés. No le gusta –detesta- ir de compras  para sí mismo, pero es cierto que cuando tiene que resolver un regalo, un fichaje de materiales de cocina (para mi madre) o ha de renovar provisiones de capsulitas de café, El Corte Inglés es su templo de peregrinación.

Así que esta mañana él me ha pedido si le acompañaba a dar el visto bueno a un traje que había visto. Hemos llegado a la planta de caballero, y ha solicitado que le atendiera Flori (porque era la que había iniciado la “venta” hace un par de días cuando él acudió de incógnito y sin informarnos a las féminas de la familia).

Bendita Flori. Recibió a mi padre como si fuera su ayuda de cámara, sacó el traje que tenía fichado y quisimos enviarlo a probadores. Pero él dijo que ni probadores ni ocho cuartos, que él se probaba la chaqueta  ahí mismo y que si a mí me gustaba, se llevaba el traje.

Estaba el hombre un poco en el limbo de tallas con la chaqueta; Flori quería sacarle una más y él se hacía el sueco diciéndole: “Por que sabes, Flori, yo TODA MI VIDA he sido delgado. Hasta que me casé… y es que mi mujer cocina fantásticamente bien.” Y desde que se casó hace casi 35 años.  El caradura de él.

“Esta chaqueta me queda bien, me llevo el traje”. Pero a ver, alma de cántaro, que te tienes que probar los pantalones. Y ver los arreglos que corresponda hacer. Él, todo orgulloso, se probaba la americana con sus bermudas beige y su camisa de cuadros. “Papá, pero necesito que te pruebes una camisa lisa por debajo, para ver bien el color del traje”.

“Ni hablar, yo no me pruebo nada más”. Y hacía como que pedía auxilio a Belén, compi mía del cole que trabaja en la Agencia de Viajes y estaba allí al lado observando nuestros tejemanejes. Y no sé en qué momento el hombre experimenta unos segundos de debilidad y accede a visitar el probador y comprobar qué tal le sientan los pantalones.

“¡Son de mi talla!” exclama saliendo triunfal de los probadores. Maravillosa perspectiva la de los hombres con tripa trabajada, que las decisiones de indumentaria se limitan a que el pantalón de su talla (teórica) abroche o no. Mientras, Flori y yo habíamos elegido una camisa que, con el subidón que experimentaba mi páter tras el abroche del pantalón, milagrosamente accedió a probarse.

Y finalmente  apareció con el look completo, y Flori súper eficiente a golpe de alfiler dejó marcados los arreglos. Y mientras, los ojos de mi padre vagaban hasta las bermudas coloridas, que es lo por lo que realmente le hubiera gustado ir hoy a la planta de caballeros.

Y así es cómo, in extremis,  hemos conseguido que mi padre vaya a ejercer de padrino con traje nuevo. Y yo desde estas líneas sólo tengo una cosa que añadir:

GRACIAS, FLORI.

SIN TI ESTA OPERACIÓN NUNCA HUBIERA SIDO POSIBLE.

 

 

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