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Les voy a ser sincera  aunque esto suene fatal y me gane una impopularidad irreversible: tengo un marido tan entregado que de repetirme a diario “qué guapa eres” consigue el efecto contrario. No me creo nada.

Lo cierto es que yo siempre estoy buscando el razonamiento para desarmar su continuo discurso, pero él sigue en sus trece: “Qué guapa eres” a las 7 de la mañana y mis ojos atestados de legañas.

Eso -y ustedes deben darme la razón- es objetivamente imposible.

Pero yo ya me he rendido en esta batalla, y si él quiere verme guapa, espero que siga manteniendo el mismo criterio dentro de 40 años.

Toda esta introducción es para llevarnos a una idea de partida: todas las mujeres, tengamos o no un señor al lado que nos considere bellísimas, nos auto-flagelamos viéndonos menos bonitas de lo que realmente somos. Y hablo de la parte física. Llámenme superficial pero hoy es lo que toca.

Aún manteniendo vigentes algunas de las inseguridades respecto a mi cuerpo serrano, hubo un gran hito que marcó un antes y un después sobre la percepción de mí misma y de mi físico: mi despedida de soltera.

Así, como lo oyen. Cuando menos te lo esperas das un salto hacia delante para no volver a recular. Y ocurrió durante 4 días en Ibiza en el mes de junio. Mis amigas el primer día me encasquetaron un bikini chinesco y una camiseta de redecilla rosa flúor también MADE IN CHINA. No sé en qué momento mientras me vestían me estiré la camiseta y la hice mini-vestido, y tan gracioso les pareció a las colegas que decretaron que ése sería mi modelito para todos los días. Así, sin trampa ni cartón. Con la celulitis de mi portentoso culamen enrejada, pero bien a la vista.

Yo soy de las que, por norma general, en el momento “tierra trágame” me vengo arriba y pienso: “María, vas a tener que hacer esto igualmente, así que en vez de pasar angustiada todas las horas que te quedan por delante, échale narices  e intenta enseñarle una sonrisa al mal trago”. El primer minuto es un esfuerzo, pero a veces forzar una actitud hace que después la hagas tuya y la sientas de verdad. No me he reído tanto en mi vida de mí misma. Y eso, queridas, es una gran terapia a la que todas deberíamos someternos por salud mental. 

Mi vestido rejillero choni se convirtió en el elemento catalizador para darme cuenta de que “no estaba tan mal”. El mundo no se acaba en ese momento. ¿Que te van a ver el culazo enrejado por las calles, chiringuitos y playas de Ibiza? Pues anda que no se habrán  visto posaderas ingentes en la isla… no es un hecho tan importante, no vas a salir en ninguna revista ni nadie te va a señalar con el dedo.  

Sé que no es factible repartir una muestra de mi vestido rejillero a todas las chicas que lean esto, pero teniendo las vacaciones playeras de Semana Santa a la vuelta de la esquina, y sabiendo que a todas nos cuesta ese primer destape del año (y el segundo y el tercero), aprovecho para lanzar una idea: atrévete con alguna pieza de vestimenta que te de “miedo”. Ya sea un trikini, un sombrero muy original, unas chanclas con plataforma, un color metalizado, un estampado cantoso  o un peinado rompedor. ¿Te apetece probarlo desde hace tiempo, pero te mueres de la vergüenza? ¿Te visualizas con ello pero crees que vas a hacer el ridículo a los ojos de los demás? OLVÍDATE DEL RESTO DEL MUNDO. Y pruébalo. Si es algo que realmente te apetecía ponerte, quizás los primeros 5 minutos de adaptación te cuesten un esfuerzo, pero después vas a estar y verte encantada. Y si no es el caso, y si después de convivir con ello durante unas horas simplemente “no te ves”, pues apárcalo. Pero ya habrás dado ese paso adelante, ya te habrás atrevido. Te sentirás un poquito más segura de ti misma por haberte enfrentado a ese miedo inicial que produce la idea de llevar algo distinto que te "expone" al ojo público.

Hace 1 año no se me habría ocurrido JAMÁS ir a pilates con mallas y camiseta de tirantes. Pero jamás de los jamases. Yo iba con mis bermudas largas de running y mis camisetas de pádel grandecitas. Que así disimulaba mejor el pandero, los muslámenes y los brazos regordetes. Me encontraba más a gusto “disimulando”. Lo cierto es que, una vez que empecé a alternar las clases de pilates con las de yoga, pude comprobar que las bermudas y las camisetas XL son lo más incómodo del mundo para esta última disciplina. Así que me hice con un conjunto de mallas y camiseta de tirantes, pero esta compra la realicé a hurtadillas, casi como con vergüenza “madre mía, quien quiera que tenga que vislumbrar con frecuencia mi pandero en estas mallas se va a dar de baja de las clases”. ¿Pero sabéis qué? Que nadie se ha dado de baja. Nadie ha venido a reivindicar que mis mallas y mi culamen son un atentado visual. Nadie me ha vetado la entrada a las clases por no cumplir los estándares de calidad traseril. Porque ni mis mallas ni mi culamen son tan importantes. No lo son. De verdad. Y los tuyos, siento decirte que tampoco.

Y yo cada día disfruto más de mis clases y estoy taaaaaaan cómoda con todas mis mallas y camisetas de tirantes. Y esa sensación de bienestar es impagable. Y no hace falta mirarse al espejo para experimentarla. Ésa es precisamente la gracia.

 

Así que hazme un favor y sobre todo háztelo a ti misma:

Ponte algo que te de “miedo”. Atrévete, en serio.

 

Y luego me cuentas.

 

PD: Sé que el vestido rejillero fucsia es un escándalo sólo imaginándolo, pero las fotos en plan Pataky no tienen desperdicio y ya que me he liado la manta a la cabeza contando todo lo de arriba… ¡por qué no hacer las cosas bien hasta el final! Ríete un rato conmigo, que es muy sano.

 

despedida de soltera en ibiza

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