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Hace unos meses se casó mi primera hermana, se llama Suspiros.

Ha sido la ilusión de mi vida desde que tengo uso de razón, por lo que la buena nueva supuso una emoción improbable de plasmar con palabras escritas. Desde el momento en que me lo dijo no pensé en otra maldita cosa. Me planteé hacer un calendario para tachar los días hasta llegar a la clave, rodeada obviamente en rojo -como se hace en las películas- con la patética esperanza de que aquello metiera el turbo. Pero la ocasión lo merecía, mi hermana se casaba y así se me cumplían los 3 deseos que formaban la ya comentada ilusión de mi vida: me pondría un chaqué, me atiborraría de queso y la barra libre sería mi incondicional apoyo (valga la polisemia).

 

invitados a boda

 

Como esto del blog nupcial es tierra virgen para mí, me pondré en contexto: soy el pequeño de 6 hermanos. Hermanos porta esa ‘o’ gracias a un servidor, ya que el resto son mujeres. Mujeres de todas las variedades que uno puede pedir, aunque eso ya va por descontado. Sé lo que estáis pensando: “El mimado, ¿no?”, pues sí, el mimado. Y mola tela. Dicha condición no me exime de los numerosos hándicaps implícitos en tal situación: yo he sufrido las más atroces palizas de mujeres y en el momento de poner las cosas en su sitio deber atenerme a un “a las mujeres no se les pegar” por la cara;  yo también esperé varios años para hacerme una cuenta de twitter ya que no podía hablar de fútbol en mi casa, no podía mencionar la palabra fútbol -es más, creo sinceramente que mis hermanas no saben lo que significa porque jamás esa palabra habitó entre las paredes de mi casa-; yo también  he sufrido el pánico asfixiante de que alguna mujer, ajena a mi familia, se me acercara a menos de 20 metros –una de mis hermanas obtuvo en mi nombre una orden de alejamiento contra todas las féminas de Andalucía en una horquilla de 15-25 años-, y un largo etc.

 

Hermanas que se van de invitadas a boda

 

Gracias a años de convivencia entre mujeres he comprendido ciertas cosas, la más importante que comprendí es que son incomprensibles.

Pensaba que lo había visto todo en las mujeres hasta que, el día de la boda de Suspiros, ésta me pide con visible ilusión que les lleve en coche a ella y a mi padre a la iglesia. Por la emoción de conducir un coche nuevo acepté inocentemente, pero no había hecho un análisis sustancial de lo que ese “sí” acarrearía: iba a ver una mujer exprimiendo al mayor exponente su condición como tal. Siéntense y rocíen las palomitas con mantequilla.

Me monté en mi nuevo carro temporal aún con esa alegría e ilusión que, en cuestión de minutos, se iba a transformar en un tremendo espectáculo. Inocente de mí, todavía se dibujaba en mi cara una sonrisa que de decir que era exultante quedaría más bonito que lindante con la realidad, pues soy más de la distante media sonrisa. Saboreé esos ínfimos instantes iniciales con estudiada intensidad: incrusté mi columna en el confortable cuero del respaldo, desembragué varias veces -intentando parecer que comprobaba la resistencia del pedal-, acaricié el lomo del volante con idéntica plasticidad que al recorrer el pelaje de un caballo, me inmiscuí en el siempre placentero, aunque demasiado artificial a veces, aroma a coche nuevo y un largo etcétera que no continuaré para no causar inoportunos bostezos. Para finalizar mi brillante actuación -que hoy día sería calificada acertadamente como “postureo”- posé el codo semi-flexionado apuntando a la luna trasera sobre el asiento del copiloto para maniobrar hacia atrás y partir hacia la iglesia que nos esperaba con anhelo. 

 

El rey de la fiesta en una boda es el hermano de la novia si hace de chófer o conductor del coche

 

Andaba desconcertado, puesto que aquella mañana de Mayo la bipolaridad se había adueñado de Suspiritos, manifestándose con una cómica contradicción que brotaba en una mezcla de: “No comprendo al resto de novias, todas atacadas los instantes antes de su boda, "¡yo estoy tranquilísima” y gritos a mansalva hacia sus serviciales hermanos que ese día vivimos por y para ella. Mi hermana estaba igual de tranquila que un hombre medio en el Marca Sports Café, ya os podéis imaginar. Ignorando este “tímido” alarde bipolar, yo conducía relajado por las maravillosas carreteras comarcales de Cantabria, mirando de cuando en vez por el retrovisor interior y dedicándole miradas cómplices a mi hermana, haciéndole saber que comprendía perfectamente cómo se sentía -vale la pena aclarar que  ese gesto era puro teatro, una de las enseñanzas que me ha dejado la convivencia entre mujeres, porque no tenía ni idea de cómo se sentía después de los graznidos que había dado en casa y de manifestar, entre uno y otro, su falsa tranquilidad-. 

La cosa empezó a caldearse, Suspiros me ordenó que condujera más rápido ya que iba “pisando huevos” -no sé por qué no se pueden pisar huevos corriendo- y que los invitados  estaban esperando y no se les podía hacer esperar. Yo, obedeciendo como buen mandado, apresuré la marcha pero nada más hacerlo me espetó implacable: “¡¡Más lento!! ¡¡Que no les va a dar tiempo a los invitados a entrar!!”. Yo miré de nuevo por el retrovisor a ver si no era mi padre poniendo voz de mujer para tomarme el pelo -muy típico en él- pero desafortunadamente vi por el espejito a mi hermana Suspiritos montada en cólera, gesticulando con vehemencia suficiente para acongojarme, pero con la justa para que no se le moviese un pelo de su peinado. Me quedé un rato observando cómo me armaba la marimorena, preguntándome cómo conseguía encontrar ese equilibrio de vehemencia con gesto extrañado y frunciendo el ceño -también porque no llevaba gafas, dicho sea de paso-.

 

mantener la compostura en una boda sobre todo si eres el hermano de la novia que conduce el coche a la iglesia

 

El rato pareció ser más largo de lo que pensaba y Suspiros pegó un nuevo ladrido: “¡¡Mira pa´l frente niño que no quiero problemas con el concesionario!!”. De un respingo giré el cuello casi dislocándomelo y noté que tenía los muslos contraídos; estaba sufriendo. Analicé lo que acababa de decir: mi hermana prefería matarse el día de su boda en un accidente de coche que enfrentarse a pleitos económicos con la casa de renting. En el seno de nuestra familia siempre ha reinado lo que mis padres llaman “austeridad” y lo que yo llamo “ser un tieso de tomo y lomo”, pero aquello se escapaba de toda coherencia.

Llegamos a una rotonda y a mi hermana se le ocurrió que era divertido empezar a dar vueltas sobre ella para ganar tiempo, ya que sus mejores amigas aún no habían llegado a la iglesia y claro, yo mantuve mi espíritu servicial y empecé a rodear la rotonda como los indios cuando bailan antes de la guerra. Al recibir la orden de continuar, noté que mi cuerpo se dividía en dos hemisferios contrapuestos: el primero era controlado por mi mano izquierda y me imploraba que estrellase el coche, cesando así con la terrible agonía que sufría, pero la otra mano representaba la sensatez -bueno eso de sensatez según se mire- y convenció al hemisferio opuesto. No ayudó para nada a mis dos hemisferios que Suspiritos me empezara a tocar el pelo peinándomelo mientras me decía: “De verdad, ni en el día de mi boda te podrías haber peinado como a mí me gusta”. Mis ojos empezaron a cobrar un color parecido al del kétchup y mis sienes se percataron de ello, pues empezaron a manifestarse en un terrible dolor. No sé quién puso un cartelito en el reverso de mi reposacabezas que rezaba “Toquen el pelo del conductor, con ambas manos por favor” pero no tuvo ninguna gracia.

Al final, llegamos sanos y salvos a la iglesia y Suspiritos contrajo matrimonio en una bonita iglesia norteña y festejamos el acontecimiento por todo lo alto en una celebración sin parangón. Yo cumplí la ilusión de mi vida: me encasqueté un elegante chaqué, terminé con las existencias de quesos y deje mis huellas en innumerables vasos anchos con aliño de coca-cola.

A pesar de lo vivido en aquel coche, Suspiritos sabe que la quiero y la admiro mucho. 

 

marido y mujer en el coche de boda

 

Pero lo que no sabe es que más admiro a su marido.

Firmado: Poet Anderson

 

 

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