Portada_errores_he_cometido_en_una_boda_como_invitada_-_repix

1. No comer todo lo que me apetecía en el cóctel

Yo tengo un pequeño problema gastronómico a nivel bodil y allá a dónde vaya: y es que quiero probarlo todo. Saber a qué sabe. Disfrutarlo. Y si me gusta, repetir.

Y claro, esto en las bodas suele acarrear una consecuencia directa: si durante el cóctel has probado (y quizás repetido) todos y cada uno de los aperitivos, cuando te sientas a la mesa y lees en la minuta que te espera una secuencia de 5 platos, mueres de indigestión en el momento.

Así que desde hace tiempo decidí controlarme en los aperitivos para disfrutar bien los platos principales. Hasta que fui a una boda en la que los platos principales eran 2 y escasitos. Y en el cóctel casi no había probado nada porque me lo había pasado charlando con unos y otros. Total, que me quedé con hambre. Y empezar el copeteo con hambre no es bien. Se lo digo yo que he estado ahí.

Así que, a partir de entonces: a tope con los aperitivos.  

 

2. No llevar bailarinas

Es obvio pero no por ello menos cierto. Si eres de las que no aguantan bien los taconazos, llévate tus bailarinas. Que ya no las ponen en todas las bodas, y no hay nada peor que querer descalzarte para bailar el musicote que están pinchando y NO PODER. A mi ya no se me olvidan, aunque la mayoría de veces las acabo prestando.

 

3. Efecto Alaska

Yo sólo me pinto los labios de rojo en 2 ocasiones:

1. En las bodas

2. Cuando salgo de noche (que cada vez es muuuucho menos)

Y ya se sabe que de noche todos los gatos son pardos; y en un garito, con el copeteo en su máximo apogeo (y acabo de hacer un pareado) nadie se fija en qué estado se encuentra tu rouge.

Pero en una boda, ¡ay, en una boda! Habitualmente siempre comienzan en un momento del día en que reina la luz natural, y entre que hablas con todo el mundo, te besas mil veces, una cervecita, una copita de vino, déjame que pruebe todos los aperitivos, un piti, otra copita de vino, ahora repito del pincho de foie… pues claro, esos labios rojos no aguantan indemnes y la mayor parte del tiempo se encuentran bajo el “efecto Alaska”: esa fase de decoloración que acaba con todo el perfil del labio intacto pero nada de pigmento en el interior.

Así que, si se pintan los labios de colores fuertes para ir a una boda, recuerden la regla de los 20 minutos: sacan el móvil, se miran en la pantalla con la cámara en función selfie, y se retocan si es preciso. Cada 20 minutos, no lo dejen mucho más.

 

4. Que mi vestido dependiera de otra persona

Sitúense: boda el sábado en una ciudad a 350 kilómetros de casa. Viaje en coche al salir del trabajo el viernes. Decides, siguiendo el sentido común, guardar el vestido en el portatrajes del marido. Portatrajes colgado en la entrada de casa.

Viaje comienza, marido conduce y a mitad de camino os adelanta un coche cuyos ocupantes también deben ir a una boda, pues llevan un portatrajes colgado en la parte trasera. “¡Mier**!” exclama marido. Y tú ya sabes que vas a tener que ir de compras (y en cuenta atrás, porque la boda es el sábado por la mañana) cuando llegues a destino. Porque ya estás lo suficientemente lejos de casa para que no te compense regresar y volver a emprender el viaje desde el punto de inicio.

Así que no es ninguna tontería: si tienen algún vestido sencillito pero favorecedor, que no ocupe mucho, y que puedan incluir en la maleta para un plan B)… nunca está de más. Pero sobre todo, sobre todo, que cada una se encargue de meter su vestido en el coche/tren/avión. Que el despiste de otros no nos juegue malas pasadas ;)

 

5. Probar un nuevo maquillaje

No, no es el momento de practicar con el eyeliner si te gustan los ojos con efecto cat-eye. Acabarás con look a lo Amy Winehouse.

No, no es el momento de estrenar la barra de labios anaranjada. Amarillea los dientes.

No, no es el momento de cambiar de color de sombra de ojos. Corres el peligro de auto transportarte a los años ´60.

NO ES EL MOMENTO DE EXPERIMENTAR. Que además ya sabemos que, cuando nos arreglamos para una boda, solemos ir con el tiempo pegado a los talones. No malgastes minutos experimentando y arreglando las consecuencias del ensayo. Ve a lo que ya sabes que te favorece.

 

6. Olvidar un par de tuercas (de pendientes) de repuesto

Porque además la relación escaso espacio que ocupan/utilidad es tan tan tan directa, que merece la pena llevarlas en el bolso. Más de 1 y de 2 veces, entre el copeteo, el baile y los abrazos desaforados en plena exaltación de la amistad, he acabado chocándome de lado con alguien, se me ha enganchado el pendiente, éste se cae…y lo rescatas, pero ponte tú a buscar la tuerca en una pista de baile atestada de pies danzarines y escasa en luminosidad.  Misión imposible.

Un par de turquecitas de repuesto y asunto solucionado. Porque no hay nada más desangelado que una carita bonita con un pendientazo luciendo en solitario.

Yo suelo meterlas en un sobrecito de plástico tipo donde vienen los botones de recambio de alguna prenda, y a las tuercas añado un par de imperdibles, 1 ud. de ibuprofeno recortada del blíster y un chicle de menta. Mi kit de salvamento. Y SIEMPRE hago uso de alguno de sus componentes.

 

7. Prescindir del cacao en el bolso

Porque pasado el efecto Alaska, llega un punto del fiestón en la que sólo necesitas hidratar los labios. Lo NECESITAS URGENTEMENTE. Y además, si los zapatos te están haciendo rozadura, aplicas un poquito de cacao/vaselina en la zona y evitas la temida ampolla. Palabrita.

 

 

Puedes seguirnos en:

@strending

www.facebook.com/Strending